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miércoles, 22 de junio de 2016

Seis

Este año parece que no va a llover, el cielo estaba azul y críspido a las 7 de la mañana.

He querido condensar mucho lo que quería escribir pero en el proceso parece que perdí mucho de lo que quería decir. Es claro que como escritor me hubiera muerto de hambre hace algún tiempo.

Este último año han ocurrido varias muertes cerca; Creo que es fácil pensar que las personas van a estar ahí siempre y es uno quién se irá primero. Morir joven no debería ser natural bajo ninguna circunstancia pero es algo inevitable.

En las semanas anteriores he pensado mucho en ti, principalmente pues hay cosas sobre las que me gustaría saber tu opinión aunque sea egoísta de mi parte.

Te quiero preguntar cómo era de niño; qué cosas veías buenas en mí y para qué era bueno desde tu perspectiva. Preguntas que de nuevo van del pasado para poder mirar hacia el futuro. Mucho me temo que a ratos me siento perdido pero pienso que tu voz me reconfortaría un poco.

Me gustaría que nos pudieras ver la televisión conmigo, ver las películas que viste cuando eras joven mientras me cuentas cómo eran los cines viejos que ya no existen. Porque aún cuando lo he leído y visto en fotografías viejas, preferiría que me lo contaras tú. Acaso poder leerte un libro de a poco para que no se termine.

Ojalá me hubieras dejado memoria de tus secretos de cocina y cómo te quedaba tan rica la comida para ver si te pudiera emular. Sigo sin poder hacer gran cosa pero he avanzado un poco. Sigo comprando rompope cada vez que se termina aunque no consuma mucho; Me faltan las gelatinas para poder vertirlo en ellas. Quizá sea lo próximo que intente hacer y entonces ya tenga otra cosa más para ofrenda.

Hay días en los que mi mamá te extraña más que yo pero no lo dice. Lo veo en su mirada. Ya no hay aves como cuando estabas tú pero Olivia, la gata de a lado, va y viene a su placer de modo que prácticamente vive en el patio y creo que está bien.

Todo lo demás es lo de menos.

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Edición 1. Sí llovió. En la noche como aquella vez.

También conocí a alguien que te conoció cuando eras jóven y llevabas a mi madre de viaje. Usabas el tren y bajabas en la estación más cercana y caminabas unos 8 kilómetros para llegar a tu destino. Me contaron de las cosas que se vendían en la parada del tren en camino a su destino. Vivías todavía en San Luis Potosí. Con ello terminé de confirmar que me hubiera gustado viajar contigo en el tren y tener en mi memoria recuerdo alguno de la mole de acero rodar por el campo. Ver y sentir es estruendo del vapor que enmanaba de sus entrañas.

lunes, 22 de junio de 2015

Cinco

Hace unos días me perdí en la mirada de un señor en el vagón del metro. Sé que muchos han dejado de mirar a los ancianos por su mirada triste y de añoranza. Es el miedo a llegar a ser frágil como ellos. A ser fácilmente abrumado por un mundo que no se detiene y cada día es menos personal. Su mirada tierna me llevó a pensar en ti. Era cándida, sensata. Temerosa. El mismo señor me recordó el seco y monótono sonido de un bastón al caminar. Aluminio con goma de plástico al final.

Al recordar ese día me he planteado ¿por qué las personas pueden pasar en cama y en mal estado mucho tiempo pero cuando llegan a un hospital tienen su fin pronto? Entiendo que el ambiente de ahí en menos saludable que otros pero supongo que es el cambio tan brutal el que desanima a las personas. Creo que es la tristeza la que hacen que pierdan su fe y entusiasmo en seguir. Te llevamos al hospital no para que sintieras que te abandonábamos o para dejarte ahí, pero teníamos miedo y sabíamos poco sobre qué más hacer ante tu delicada condición. No creo que haya sido malo; acaso solo habría cambiado el día.

Este año es el primero en que me ha gustado ir a la iglesia. No estoy cierto a qué se debe o la razón detrás de ello. He llegado a pensar que se trata de generar la suficiente cantidad de paz interior para que sea posible. La señora que ahora canta y toca el órgano en la parte alta de la iglesia lo hace bien. Mejor que muchas otras que me ha tocado oír. Esta última vez, le ha tocado a mi mamá leer la Primera Lectura. Creo que se emocionó mucho.

Hace cinco años que no te veo. Te extraño de cuando en cuando. Me gustaría saber qué piensas de estos tiempos modernos. Del clima, de la Ciudad, de las tardes de lluvia, de los nuevos edificios, de las calles cada vez más viejas, del camión de la basura nuevo, de las telenovelas, de que el radio cada vez es más triste, del fútbol, de la comida, de tus ideas sobre el tiempo, de las noches y los días. Que me cuentes una vez más de tus viajes en tren. Que me cuentes la historia de la foto que encontré en diciembre.

¿Cómo platicarte cosas que seguramente ya sabes por ser omnipresente? ¿Qué contarte a ti que estás más allá del tiempo? ¿Cómo es el tiempo en dónde tú estás? ¿Cómo puedes estar en todos lados? ¿Tienes alas? O ¿Simplemente estás sentada mirando hacia el horizonte mientras en tu cara sientes la brisa y la leve caricia del Sol en tus mejillas? ¿Allá dónde estás necesitas tus lentes?

Te quiero siempre.

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domingo, 22 de junio de 2014

Año cuatro (Días del Futuro Pasado)

Domingo 22 de junio de 2014, y ya han pasado cuatro años desde que te fuiste viejita.
 
Este año, he comenzado a escribir antes, pues un par de cosas me movieron a escribir con antelación.

Primero una película que se llama X-men Días del Futuro Pasado, cuya trama establece que la mente, con la ayuda de un mutante, puede viajar en el tiempo y encontrarte consigo mismo y vivir nuevamente un periodo de tiempo pasado. No fue sino hasta casi el final de ella que uno de los protagonistas puede volver a ver a una persona que quiso mucho y que ahora era posible tenerla cerca de nuevo. No quizá de la forma en que hubiera querido pero tuvo la oportunidad. En ese momento, yo quise esa misma oportunidad contigo, viejita. No puedo decir que mis lágrimas no desbordaron mis ojos, al pensar en la posibilidad de sentir tu mano fría con piel arrugada o tus manos sobre mi cabeza, incluso en un beso en la mejilla, como siempre me los diste. Me gustaría, aunque fuera por un momento volver a sentir cualquiera de ellas.
 
La segunda cosa que me llevó a ti estos días, fue una serie de televisión que se llama Mad Men. El capítulo 7 de la temporada final se trató acerca de los ciclos de vida, los cambios y un homenaje. Se situó justo en el mes en que el hombre llegó a la Luna en 1969; creo que nunca te oí hablar de ese suceso. Lo oí de mi tío alguna vez, pero nunca de ti. No sé (y quizá nunca lo sabré) qué significó para ti. La recreación de 10 años antes de mi nacimiento, me hicieron ver lo importante y significativo que fue para las personas de esa época. A pesar de que he podido ver los vídeos varias veces luego, con mejor calidad y sonido, no se comparan con todo lo que rodeaba al suceso, la televisión en blanco y negro, pocas de ellas y las familias alrededor de ella. No sé siquiera si tenías una televisión propia o cerca para poder ver ese suceso. Te prometo averiguar lo más que pueda, para que yo lo sepa.
 
Hace casi un año, conocí a un peluquero que tiene su negocio sobre Eje Central; debe ser de las pocas que aún hay sobre Niño Perdido. Es un señor que debe tener cerca de 70 años. Llegó a vivir a la ciudad hace mucho tiempo y siempre ha vivido por la zona. Me quedé maravillado, cuando dijo hermosa, en la conversación que me acuerdo, iba más o menos así:

— ¿Qué le parece la Ciudad ahora?
— Me parece hermosa, tiene pavimento en sus calles, iluminada ya no hay que estar brincando sobre charcos de agua sucia, sobre todo por allá en la Merced donde a veces tenías que cambiar al lado de las ratas
— ¿Cómo ha cambiado el vecindario?
— Sigue habiendo lo mismo las ratas, los rateros, los comercios grandes y chicos. Lo que sí hay menos ahora son talleres de autos y putas. Antes había más.
— ¿De cuáles?
— De las dos, aunque bueno putas siempre ha habido y habrá, antes estaban en la Roma y en lo que ahora llaman la Condesa pero se fueron moviendo desde la época de López (Portillo). Había muchas casas solas y luego hicieron edificios. Acá porque había muchos hotelitos de paso.
— ¿Qué otra cosa había por ahí?
— Me acuerdo de que antes, nada más había dos pasos para cruzar el río para el rumbo de Coyoacán y antes de eso pues edificios nuevos. Lo que cambió todo, cuando rehicieron el hospital de Balmis (supongo que se refería al que hoy es Hospital General), ese fue el que comenzó a traer mucha gente. Antes de eso, nada. Por ahí es dónde iba y venía el tranvía que iba para el norte. Lo tomaba para cuando a ver a una muchacha, cuando era un chamaco.
— Y ahora hay más gente, más departamentos
— Pues ¿qué se le va a hacer? En otros lados no hay trabajo, chamba y fuera de aquí todo es más caro. Aunque muchos se murieron en el 85, han llegado otros.

Me sorprendió mucho oír los recuerdos tan vívidos y claros del señor, como fue conociendo su pedazo de la ciudad, pero no tuvo la oportunidad de retratarla como José Emilio Pacheco en Las Batallas en el Desierto (Roma-Condesa) o como Vicente Leñero en Los Albañiles (Narvarte-Roma) pero supongo que se hubieran complementado excelentemente.
 
Finalmente me topé con unos discos de The Beatles ¿Los escuchaste? ¿Qué te parecían? ¿Eran ruidosos y escandalosos? ¿Eran melódicos y agradables? ¿Tenían el cabello realmente largo? ¿Es verdad que causaban gritos en las chicas de su época? ¿Qué fue cuando mataron al John?

Me hubiera gustado estudiar mecánica, y ser un ingeniero aeronáutico con el de la película Se levanta el viento (2013) de un japonés que tiene cierto renombre, Hayao Miyazaki. Quién además dice que esta fue su última película pues ya está grande (73) y es que el peluquero, me dijo casi lo mismo. No es como las de Disney que me llevabas a ver cuándo niño, pero estoy cierto que te habría gustado. A mí me gustó mucho.
 
Te extraño y te quiero; aún no ha llovido.

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Por cierto, si hay algo que pudiera reclamar, es que me dejeras entrar tan pocas veces a la cocina y compartir tus secretos para hacer las cosas más sencillas o complicadas, pero igual deliciosas. Tus secretos se fueron contigo, y me hace sentir más inútil que nunca por ratos. Estoy aprendiendo pero a paso lento, por fin he logrado que las poquísimas cosas que hago, tengan sabor.

jueves, 10 de octubre de 2013

Año tres

Por la ventanilla del avión, puedo ver cuatro colores: negro de la tierra inerte bajo los primeros rayos del Sol. Naranja, provocador. Blanco al centro y por encima el azul al que abraza de nuevo el negro. Todos ellos producto de la difraccion de la luz al entrar por la atmósfera terrestre. Estoy despierto porque los nervios de no alcanzar el vuelo, la ansiedad que me provoca imaginar la caída del avión en pleno vuelo. Me sudan las manos, como que estuviera haciendo calor dentro de la cabina, pero no es así. El tener ganas de ir al sanitario también es un síntoma del mismo padecimiento.

Y es entonces que surcando el cielo y viendo el amanecer, me acuerdo de ti viejita.

Sé que el aniversario ya pasó, pero no por ello lo he olvidado. Tampoco que no haya tenido nada qué contar. Tuve la tarea de escribir algo en una hoja de papel hace unas semanas y lo que he escrito allí lo transcribiré aquí abajo:

"No es que haya olvidado escribir este año; tampoco es que no lo deba hacer. Acaso, es que he tratado de ser más claro en lo que quiero decir pero me ha estado costando trabajo.

Este año, he tenido más preguntas que los anteriores. He sentido la necesidad de oír tu voz de cuando en cuando, aunque sé que resultará harto imposible. Queda pues a costa de mi memoria poder hacerlo esporádicamente acaso por el miedo de que el recuerdo se gaste, así como las cintas magnéticas, como los cassettes que te causaban risa.

Este año, también hicimos una misa en tu honor. En realidad fueron dos, por confusión de mi madre. Yo no pude ir a una de ellas por el horario, pero a la segunda sí como casi todos los demás. Te seguimos recordando excepto los más pequeños, pues o te conocieron siendo muy pequeños o bien, aún no habían nacido; como es el caso de Brissa. Es la segunda hija de nieta y evidentemente hermana de LR. Apenas va a cumplir un año de vida y tú nos dejaste hace tres.

Creo que no puedo ser más claro –me parece- por los cambios que pasado los últimos meses y apenas me estoy acostumbrando. Si bien vivir en otro lugar, bajo un nuevo techo, parece no ser cosa del otro mundo, en realidad se ha vuelto algo harto novedoso e incierto. A veces, te extraño más por ese detalle. Pero este barrio te gustaría más, me lo puedo imaginar; y es que hay muchas cosas, de las que te solían gustar, cerca. La panadería, está apenas a dos cuadras. La iglesia a cuatro, la tiendita, en la esquina. El pan es bueno. Las campanas y su repique, se oyen por las mañanas. El señor de la tienda, además de ser mi vecino, es muy activo igual que su esposa. Venden de todo. Quizá, así es como he imaginado era tu tienda allá en San Luis Potosí.

Me parece que este año, mi madre te ha extrañado más; tu compañía y actividades relacionadas le han dejado un gran hueco. No ha estado muy bien de salud, y aunque no ha estado en cama mucho tiempo, a veces me hace dudar un poco por el hecho de estar lejos. Quizá sólo es el proceso.

Por lo demás, parece que las cosas se vuelven impávidas a la mirada del observador casual. Cada vez escucho menos música nueva. No es como antes. Hace pocos días encontré mi viejo tocacintas portátil que usé en la secundaria y preparatoria. Todavía tenía dentro un cassette –grabado por mí, claro- pero no tenía pilas, así que no lo pude usar. Regresaré luego por él. Hay una gata nuevo en la casa, se llama Olivia; te gustaría. Es gris con manchas y pequeña aún."

Hace no muchos días, recordé una vez que ambos viajamos en tren hacia el pueblo que te vio nacer. Supongo que era el tren México-Querétaro. Estoy cierto que nunca viajaste en avión, pero estoy seguro que te habría dado un poco de miedo, como hoy a mí. Te extraño. Siempre.

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viernes, 14 de junio de 2013

Adelanto

Este año, me he adelantado un poco y entré a mi blog con la idea de hacer la entrada: 'Año Tres' pero aún no es tiempo.

Lo que puedo adelantar para ella, es que este año también cae en jueves y que quizá también esté lloviendo. Que este año he ido a varios velorios y que siguen siendo cansados, aún cuando no seas tú el que lo lleva o eres afectado directamente. Me he puesto a pensar, la menos un par de veces en la muerte. Tengo un par de preguntas para la entrada de este año.

Comprometí que haría unas líneas para hablar de fútbol y espero mandarlas en un rato más, aprovechando la confusión.

Hoy me di cuenta, de la poca música que he estado oyendo.

No he regresado, simplemente que los cambios me han llevado a varios estadios y apenas, me estoy adaptando.

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miércoles, 24 de octubre de 2012

Año dos

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En la madrugada del aniversario de este año venía rodando desde Texcoco, a esa hora en que los magueyes que tú me enseñaste comienzan a desprender su olor característico y que – según recuerdo – indica que ya están listos para hacer pulque.

Este año han pasado varias cosas y parece que los cambios seguirán; pero ya estamos en la época de poner la ofrenda y aún no comenzamos a poner.

Comencé a formalizar lo poco que sabía de fotografía; con el avance he dejado atrás algunos vicios. Mis fotos se han transformado y aunque están lejos de ser las mejores, son una muestra más de que puedo seguir aprendiendo. Pero a ratos es triste. Porque no dejo de pensar que seguirías siendo mi modelo para experimentar diferentes valores de exposición, bien para capturar tu mirada cándida que se perdía en el horizonte mientras tratabas de no tener frío. Recuerdo que entrelazabas tus manos y que únicamente las movías para sacar algo de la bolsa del sweater. Porque no te gustaba usar guantes. No podré fotografiar nunca más su textura: delgadita y fría como papel, de las venas azulosas o tus uñas amarillentas. Ahora sólo es un recuerdo tan vívido, que duele. Pero no puedo regresar el tiempo atrás.

Este año también comencé a usar lentes; la primera vez que me vi al espejo en casa, mis ojos se llenaron con de lágrimas pues me recordaron los tuyos y esas veces en que fui necio e intentaba quitártelos o cambiarlos. Fui muy tonto. Los uso diario y cuando no lo tengo entiendo tu desesperación cuando no lo ubicabas. Recuerdo haber pedido deshacerse de ellos, pues ya no tenía dueña. 

Apenas el domingo pasado – y nuevamente al regresar de Texcoco – vi un campo de flores de Cempazúchitl como los que tú habrás visto cuando eras joven, amarillo y naranja sobreviviendo a los rayos del Sol directo. Pero éste, tenía la extensión de una hectárea cuando más; las flores alcanzaban unos 70 centímetros. Estaban ya listas. La cosecha quizá no sería muy buena pero suficiente para decorar todas las tumbas del panteón que estaba un poco más arriba. Acaso no serían objeto de venta sino de uso comunal.

He escuchado Bad de U2 muchas veces últimamente y recuerdo que tú me preguntabas ¿Esa canción dice aguado güey? Entonces se me olvida la canción y la letra. La repito varias veces para intentar recordar el tono de voz con que hacías la pregunta; acaso la risa posterior de burla.

- ¿Y qué vas a hacer hasta Texcoco?
- Pues a andar en bicicleta.

Y no es la primera vez. Tampoco tengo una pero dos bicicletas. Que me han permitido ver campos verdes que parecen no terminar; mirar el Valle de Anáhuac quizá como lo hicieron los españoles al bajar de Puebla. Oler los más diversos olores que emaman de una Ciudad como ésta. Tomar el agua más limpia de un río críspido y frío, mismos que pensé, ya no existían más cerca de la Ciudad. Al sumergir el envase para agua en la corriente, intenté no hacerlo con demasiada fuerza para no agitar la tierra que descansaba en el fondo y que por lo tanto no entrara en él. Eso no me lo enseñaste; pero supongo que lo tuviste que hacer todas esas veces en que tu mamá te mandaba al río a traer agua, en lo que tus hermanos iban por el pulque y las tunas de agosto.

Apenas ayer, el Café Tacvba sacó un nuevo disco; quizá no te acuerdes pero es ese grupo donde “uno de los muchachos daba brincos como chapulín” mientras cantaba en Siempre en Domingo, una de las tantas tardes que vimos la televisión juntos. Y ya han pasado muchos años, viejita. Sólo que Rubén ya no brinca tanto. Se están haciendo viejos, conmigo. Ahora ya no hacen canciones adolecentes, pero cosas que permean temas más familiares o “maduros” – cualquier cosa que eso signifique -.

Me siguen gustando las cocinas de humo.

Sigo partiendo el pan, por la mitad; invariablemente.

¿Usaste alguna vez una bicicleta?

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jueves, 2 de febrero de 2012

La caída en el metro

Se llama Efraín Ramírez y tenía 68 años aquel 10 de enero del 2012 cuando rodó por las escaleras eléctricas de la estación Río San Joaquín del Metro de la Ciudad de México.

No vi cuando cayó, pero oí el grito cuando robada por los filosos y aserrados quicios de las escaleras eléctricas que, desde niños siempre nos han hecho evitar.

Un joven de menos de 20 años, tuvo a bien detenerlo para que no llegar hasta la base y seguir rodando, rodando como si fuera un vaso de unicel.

Fue un accidente y ocurrió en menos de 10 segundos. Luego el policía asignado a los torniquetes corrió a la parte baja de las escaleras y casi por instinto detuvo el funcionamiento de ellas. Y hasta ahí todo iba bien.

Yo, quizá por el mismo instinto me acerqué a ver qué podía hacer; En ese momento no sabía el nombre del señor Efraín, ni su nombre pero, lo vi quejarse lastimosamente por la estrepitosa caída. No era el primer accidente que veía, no en el metro o en otro lugar. Tenía un golpe que le había abierto la piel de la cabeza, cerca de 5 centímetros por el área del occipital y la sangre corría por el parental derecho. Afortunadamente. Le pregunté cosas simples, con la intención de saber qué tan desorientado estaba, si estaba conciente. La sangre siguió brotando de la cabeza. Respondía bien - mejor de lo que yo esperaba - le pregunté ¿Siente calor interno en alguna parte? - No, no siento nada - Parecía que no tenía otro golpe severo. Pude ver dos raspones más: Uno en la muñeca derecha y otro en la pantorrilla izquierda. Ninguno de ellos había logrado abrir la piel.

Oía bien, así que le pedí que no se moviera en lo que recuperábamos sus efectos personales. Encontré una identificación del IAAM-DF del que pude saber nombre, apellido, fecha de nacimiento, dirección y un teléfono a dónde llamar en caso de emergencia.

Entre tanto, el policía que había ayudado a detener las escaleras, estaba complemente estático, quizá impactado por ver la sangre que se estaba acumulando en el escalón cercano a la cabeza del señor Efraín. ¿Acaso nunca había visto sangre? Cuando obtuve la identificación le pedí por favor, llamara a una ambulancia, y si es podía hacer una llamada al número indicado. Reaccionó y llamó al jefe de la estación, luego a la ambulancia y regresó. No pudo llamar al número porque no era un número gratuito. No supe, cómo había hecho la llamada a la ambulancia.

En este momento, luego del impacto, el sangrado se había detenido pues la inflamación de la piel había llegado a un punto dónde no hay espacio para salir. En la misma identificación había un celular, con el nombre del hijo del señor Efraín (él me lo dijo, en lo que esperábamos al policía). Y llegó su jefe, o al menos el responsable - quién no dejaba de tomar nota en una hojita de papel - Le pedí a él que llamara al número, luego de que confirmó que ya habían pedido una ambulancia.

Lo vi alejarse y rascarse la cabeza, como sin saber qué hacer. Luego me fue claro: No pueden hacer llamadas a celular desde la estación. Tuvo que sacar una moneda (propia) e intentar llamar de uno de los teléfonos públicos. No tuvo suerte. Y regresó con nosotros.

Llegó el jefe de estación y el mismo estado. El primer policía, sabía qué hacer hasta cierto punto pero luego se perdió detrás de la figura de su jefe, que a su vez lo hizo con el jefe de estación. Todos veían la sangre y se congelaban.

Tomé nuevamente la identificación y llamé al número etiquetado como: En caso de accidente. No hubo respuesta. Luego al número celular que estaba ahí, y debía preguntar por su hijo homónimo. Luego de 5 intentos se pudo concretar. Le dije en tono calmado que su papá estaba bien, pero había caído dentro del metro. Que ya venía la ambulancia, pero necesitábamos que alguien pudiera venir, en caso de que pidieran más datos. Omití toda la sangre, la herida y raspones; También las escaleras eléctricas, el sonido de su padre cayendo y rodando. No era necesario.

Y todos me miraban extrañados. Oí los rumores de la gente alrededor; Vi como la señora que vendía dulces a la entrada del metro, levantó su puesto completo en cuestión de segundos y se fue. Luego regresó como parte de la masa de mirones. El joven que lo detuvo, ayudó a recolectar más cosas: Un peine, unos billetes doblados (70 pesos), los lentes (viejos, pero hoy dirían hipster o vintage), unos adaptadores para máquina de cortar el cabello. Su camisa azul, se había arrugado por un lado presumía ya dos gotas de sangre, que luego se quitarían.

Ayudamos a incorporar al señor Efraín sobre uno de los escalones y seguimos esperando a la ambulancia. Cuando bajaron los paramédicos, me hice un lado y fui. Al llegar al andén, me di cuenta de que tenía un poco de sangre en la palma de la mano derecha, pero ya se había secado. No era mucha.

Mientras regresaba, pensé en el rostro del primer policía y me pregunté ¿No acaso los elementos están entrenados en primeros auxilios y deben saber cómo proceder? ¿Nunca había visto sangre? ¿Sería la primera vez que veía accidentarse a un adulto mayor?

Cuando llegó el segundo policía ¿Por qué no pudo hacer una llamada a un teléfono celular? Para esa pregunta, me respondí - quizá no tienen los elementos necesarios para hacerlo pues ellos son externos al personal de la estación - son apoyo. Pero ¿Por qué solo una persona sabía qué hacer?
¿Cuántos de nosotros tenemos una identificación con nosotros todo el tiempo con un nombre y teléfono a dónde llamar? ¿Habrá alguien ahí para responder? La persona que llame ¿Tendrá la suficiente paciencia para decir que tuvimos un accidente? ¿Podrá decirlo sin alarmar en demasía a esa persona?

Muchas preguntas. Y todo pasa muy rápido.

Estoy cierto, que el señor Efraín ya está muy bien; Seguramente necesitó unas 5 ó 6 puntadas, como las que tuvieron que hacerle en su mano izquierda y me mostró cuando se hubo sentado, pues se había cortado con un serrucho unas semanas atrás “Apenas estaba saliendo de una”. Era un señor, muy fuerte.

Y yo, me acordé de mi viejita.

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Cómo no recordarte el día de hoy

¿Cómo no recordarte un día como hoy? Si no fuera por ti, no sabría que hoy los muertos pueden regresar a casa, sólo por esta noche desde donde quiera que estén, y que tenemos que guiarlos.

No sabría qué cosas les gustaban a los que estuvieron antes que nosotros.

No sabría lo rico que es el pan de muerto, acompañado con una tasa de chocolate.

No sabría de las calaveritas de azúcar, decoradas con pequeñas tiras de colores, y que los nombres no son puestos al azar.

Que los dulces, también hacen regresar a los muertos.

Que el atole, también se puede hacer con agua.

Que el papel picado, es tan importante como las otras tres cosas.

Que te gustaba tomar cerveza, en las tardes calurosas en tu tienda de aquella tierra caliente.

Que las flores, además de adornar dejan buen olor si les cambias el agua.

Aquí, te sigo recordando viejita.

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miércoles, 22 de junio de 2011

Primer aniversario

Olía a parafina quemada. Había veladoras, como cuando ponías la ofrenda del día de muertos - Una vez cada año era posible ver a esas personas que ya no estaban entre nosotros y podían regresar esa noche. Los muertos regresan ese día, porque se les extraña - Me explicaste.
Un día como hoy, pero hace un año te fuiste. Por la mañana todavía pude oír tu voz antes de ir a trabajar. Un día lluvioso. Me avisaron que te habías ido justo antes de que despuntara la noche. Manejaba.
Venías de un lugar y tiempo diferentes; Viviste todas las épocas y sin embargo siempre te vi usar falda a colores, a veces aderezada por un delantal, y tus medias. ¿Un pantalón? Nunca, no era de mujeres. Tenías historias de trenes, y largos viajes. Platicabas de la Revolución y tus hermanos. De monedas de oro, escondidas en un jarrón de barro.
La casa dejó de oler a comida hace doce años, cuando dejaste de cocinar. Pero gracias a ti conocí las cocinas ‘de humo’ del siglo pasado, donde tu mamá preparaba la comida. Me enseñaste los animales del campo, la comida y bebidas por igual. Nada sabe más rico que una tortilla con chile y un sorbo de pulque recién traído a lomo de burro luego de una lluvia; Con olor a tierra mojada.
Intentaste explicar el mundo, a través de tus ojos y experiencias. Me dejaste decenas de palabras que ya pocos usan. Dichos y refranes que ahora hacen reír a más de uno, pero que encierran siempre tu sabiduría – Cuídate de las calladitas -.
Me enseñaste el radio y sus canciones que en algún recoveco de mi memoria están arraigadas; Las narraciones de los partidos de fútbol o las novelas que, luego cambiamos al llegar la televisión a nuestras vidas. Me llevaste también al cine, con los pocos pesos que tenías.
Me enseñaste siempre a partir el pan siempre en dos, pues no siempre cabe en la boca; A dejar lo más rico siempre para el final. A nunca salir de la casa sin desayunar. Aunque sea café; Tu café siempre era con leche.
Me enseñaste las divertidas gelatinas de rompope y las inigualables enchiladas potosinas, que siguen haciendo las delicias de la casa. Ambas de la tierra de mi madre.
Nunca me compraste todo lo que quise. Quizá por ello me hice analítico y saber elegir entre cosas para comprar o quizá a cuidar las cosas meticulosamente. Todo.
Extraño tus manos: Suaves, arrugaditas, frías y finas como si fuesen de papel. Que bien que dieron más de manazo, así como cuando me acariciaban la cabeza mientras estaba estudiando. Cuando mirabas la televisión y decías que tenías frío.
Extraño tu caminar a ritmos pausado y el sonido sordo de tu bastón golpeando el piso. Te extraña la esquina donde solías tomar el Sol por las tardes, donde muchas tardes me esperaste.
Extraño tus ojitos pequeños, detrás de esos lentes que tantas veces te quise cambiar, pero siempre me decías: Que ya no valía la pena; Y luego hacías berrinche cuando no eran los mismos.
Extraño tu suéter azul, ese con los hoyitos que le hacías cuando se iba la luz.
Siempre escucho tu voz, que me recomienda llevar “Algo para taparme”, aún y el Sol esté en su máximo esplendor porque “Uno nunca sabe”. Algo así como cuando me decías que antes de ir a una fiesta siempre hay que comer, porque “No sabemos a qué hora darán de comer”.
Fuiste curiosa incansable y la mejor apiladora de objetos que jamás he conocido.
Seguramente estás en un mejor lugar, pues siempre creíste en la Iglesia y sus rituales, aún cuando ya no recordabas por completo las oraciones. Todas las noches rezabas, aún en esos últimos días. Nunca supiste cómo es que salí “Tan ateo”.
Esta noche te he vuelto a cargar; Pesas menos. Sabes que recuerdo tu peso de cuando te caías porque ya no veías bien. O cuando tuvimos que hacer la Maniobra de Heinrich. Te has vuelto cenizas.
Yo te veo siempre. Vives, y vivirás en mi. Siempre.
Mi madre también te extraña.
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