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jueves, 18 de agosto de 2011

Los exiliados

 De pie, bajo ese Sol que quema la piel; Sí cuando la estadía se prolonga lo suficiente pues al menos a este nivel del mar, quema.

 A lo lejos, los rumores de las risas y pláticas ajenas, me transportan a las que fueron alguna vez propias. Los recuerdos se agolpan y de pronto es posible medir la distancia de ellos a través del tiempo transcurrido o bien por el espacio que ahora ocupan en la mente. 

 Esa lejanía entre el tiempo o el espacio, además del hecho de continuar vivo hacen crecer la añoranza. Nosotros, que vivimos fuera de la vieja cotidianidad, llegamos a conocer mejor la añoranza de los efectos presentes, basado en ver las cosas a distancia. Era quizá la imaginación y posterior reconstrucción de hechos lo que simplemente ponía las cosas en perspectiva.

Estos tiempos eran así. Eran acerca de escribir y vivir en la lejanía; Era continuar haciendo lo mismo que antes, pero a la distancia. Muchas veces dicha condición era impuesta, y es entonces cuando cobra aún mayor alejamiento y por ende el desprendimiento de esa, “tu tierra” se hace aún más profunda. Las noticias de los eventos continuaban llegando, como en el pasado los periódicos de lugares lejanos traían las novedades desde otros continentes. O bien a través de cortos proyectados sobre una superficie blanca que completaba la secuencia de imágenes encadenadas, alternando blanco con negro. Éstas noticias algunas veces funestas, otras alegres siempre dolían más por no ser participe de ellas. ¿Cuánta lejanía hay en las noticias contadas por terceros? ¿Cuánta alegría puede despertar un acontecimiento lejano? ¿Cuánta tristeza queda en el relato de un informante frío y escueto?  ¿Sería acaso que extrañaba esa tierra?